Pasaron los años de mi niñez; casi una mujer, pero aún inocente, empecé este blog: una forma de autoconocimiento juvenil que no debería perderse ninguna adolescente con inquietudes humanistas.
"Les pido que escriban todo tipo de libros, sin vacilar ante ningún tema, por trivial o vasto que sea. Por cualquier medio, espero que posean dinero suficiente para viajar y para holgar, para contemplar el futuro o el pasado del mundo, para soñar ante los libros y perder el tiempo en las esquinas de las calles, y dejar que la línea del pensamiento baje hasta lo más profundo de la corriente." (Woolf, 1929/2002).
Nunca más he tenido el mismo tiempo. La adultez me vino con la necesidad de independencia, de tener un techo personal donde conocer mis propias normas; pero, aún así, era joven y mantenía esa inocencia que sólo perdí cuando la primera muerte de un ser querido llegó con una edad en la que ya me consideraba adulta. Y ahí, di un paso hacia delante y caí en un profundo charco del que pude salir a los dos años, no como una cria que disfrutaba su espacio propio, sus viajes, la contemplación del tiempo... De ese charco salí como una mujer que se endeudaba con su pasado y su futuro, que quería agarrar fuerte la seguridad y, ya vuelta gris, mantenerme con una sonrisa que pensaba que no volvería a ser carcajada de estómago.
La verdad que te recuperas; por suerte, si no todo es cansancio en tu vida, encuentras el equilibrio entre el cinismo de la adulta capaz y una madurez feliz. Vas construyendo con tu nueva paciencia y vas creando un entorno de valor incalculable. Quizás te frustras porque desearías poder soñar, pensar, holgazanear, alternar más; pero la adultez no es la desaparición de una misma que tanto nos asusta, es otro camino. Hay que vivirlo de una forma pragmática y abierta, sabiendo que se abrirán nuevas puertas y que, tras ellas,
conocerás otros aspectos dorados que hoy parecen no importar.


